Una notificación en Facebook me indica la pronta apertura del Barba Azul, sin fecha confirmada. Más de cincuenta opiniones llenas de emotividad y entusiasmo predominan en los comentarios. Pasados dos años de pandemia me hacen extrañar esos momentos cuando mi cuerpo escurría sudor por bailar horas. Nostalgia por ese lugar en donde se congrega una minúscula parte de la ciudad, pero suficiente para llenar el cabaret que da identidad al barrio de la colonia Obrera. Anhelo el gentío que se reúne para bailar, el olor a ron y el sonido de los alientos de una banda en directo. Es por ello que saco mi cuaderno donde tengo apuntes de las noches en que participé como fichero y decido terminar el texto que había comenzado hace algunos años, intentando acercarme por medio de los recuerdos a esas noches de baile y alcohol.

Amor de cabaret que no es sincero

Amor de cabaret que se paga con dinero

Amor de cabaret que poco a poco me mata

                                     Sin embargo yo quiero

Amor de cabaret

Sonora Santanera

Es jueves. Casi oscurece. La suavidad de la cortina de terciopelo rojo que se encuentra en la entrada no calma mi nerviosismo. Deambulo de un lado a otro antes de tomar asiento junto a los participantes. La cerveza fría se desliza por la garganta. Las manos sudan. La ansiedad llega mientras espero postrado junto a la mesa. Yo no trabajo aquí. Pero la mayoría de las chicas que están sentadas en las sillas rojas laboran casi todos los días. Imagino que su angustia por conseguir dinero es más urgente que mis intereses de este día. Bebo de golpe la tercera cerveza y todo parece que no apacigua el ímpetu de saber cómo terminará la noche.

Yo no soy guapo. Guapo, yo no soy, yo no soy, yo no soy, guapo, no, no.

El grupo musical nos anuncia y nos llevan al frente del escenario. Es oficial:  la pista se abre para que las chicas escojan a sus mejores ficheros. Somos seis bailarines, distribuidos en dos mesas, dispuestos a rendir toda la noche. Entre nosotros comenzamos a llamar a Lucy la “madrota” o la “mamá”. Ella se encarga de vender las fichas y ofrecer la mercancía. Las personas que quieran zapatear con nosotros, porque también los hombres han solicitado servicio para bailar con hombres, deben pagar 20 pesos por un boleto que se intercambia por unos minutos de alguna canción. Lucy, la mamá, quien tiene más de veinte años en este oficio, me toma de la mano y me conduce hasta una mesa donde hay tres chicas. Me presenta. Las mujeres me ven de reojo con rostros parcos, indiferentes. Hago un esfuerzo desproporcionado para ser lo más amable posible y lograr conseguir las primeras clientas. En cambio, ellas sólo se alegran cuando llega la botella de tequila, acompañada por unos tacos. El desaire me trae de golpe las palabras de Gabriela Wiener: “Aquí, como en el mundo real, sólo tienen éxito los que son hermosos y sensuales, los que van al gimnasio y se operan…”

Las personas que quieran zapatear con nosotros, porque también los hombres han solicitado servicio para bailar con hombres, deben pagar 20 pesos por un boleto que se intercambia por unos minutos de alguna canción.

Algunos ficheros traen a sus seguidoras y son los primeros en abrir la pista. Yo tengo dos invitadas, pero ellas prefieren conocer a otros que apoyarme en el primer baile: —No vamos a desperdiciar nuestras fichas, contigo bailamos siempre. Como hombre, una de las reglas es no sacar a bailar a las chicas, se debe ser paciente y esperar la decisión de ellas. Caso contrario con las ficheras, ellas tienen que saber venderse para conseguir más bailes y, por lo tanto, más dinero. Sin embargo, a uno de los nuestros no le queda claro el código, o no le importa, y se lanza por una fémina. Porque uno de los elementos interesantes de esta práctica es mantener la postura, como un objeto, esperar a que las chicas se sientan con la confianza de escoger con quién bailar, ya sea porque se mueve bien, huele rico o le atrae físicamente; todo eso es parte del ritual.

Ya desde antes de comenzar el baile, él se notaba más nervioso que yo, con la actitud de competir, como si se tratara de demostrar quién la tiene más grande, en lugar de preocuparse por dejar bien bailada a la clientela.

Ésta es la octava noche de ficheros que organiza el Cabaret Barba Azul, una iniciativa formativa implementada por Carlos Baez desde el 2013 para cambiar los roles de género e intentar comprender el contexto de las ficheras que trabajan en estos lugares. Pero también, para darle un respiro económico, porque estaba a punto de desaparecer. Por ello, hace unos años este club nocturno tomó un giro más cultural, sin tratar de abandonar el ambiente de cabaret que predominó en el otrora Distrito Federal del siglo pasado. 

Si se marchó sin un adiós, que se vaya, que se vaya.

Las primeras veces que aterricé aquí fue por mi estado de ebriedad. Mi valedor de ese entonces, un luchador que se hace llamar El sublime, y yo practicábamos el deporte de beber entre semana; sólo porque éramos solteros, independientes, con unos años faltantes para el cuarto piso, y queríamos olvidar algún amor o las pendejadas que hicimos en nuestro tiempo de romance. Si la invitación a este recinto nocturno se hubiera hecho en estado de sobriedad, la hubiera rechazado, ya que mi formación cultural, de manera inmediata, me la negaría. Eso era así porque mi autoadiestramiento fue la de andar de “roquerillo”, tocar en bandas de rock, noise, punk y rezongar de los sonidos inalienables de mi barrio junto con todo su contexto popular. Sin embargo, los bailes a los que mi madre me forzó a participar en la primaria y secundaria me dejaron de forma inconsciente el feeling del movimiento, es decir: el uno y dos del ritmo para poder convivir en cualquier ambiente tropical. 

También soy pobre y soy pobre como tú. Tengo a mi madre, a mi esposa y a mis hijos.

En esas primeras visitas la atmósfera era casi la misma que abunda en la colonia Obrera. Un ambiente de gente trabajadora de barrio. Hombres de oficio: taxistas, hojalateros, mecánicos, carniceros, carpinteros, boxeadores, luchadores y los infaltables trajeados que llegan directo de la oficina. Recuerdo esas noches donde el grupo principal, Los Del Son, mandaba mensajes por el micrófono: —Un saludo para los de la central de abastos —con razón olía a cebolla. También observé a un pintor con su pantalón y zapatos salpicados por la pintura, meneando majestuosamente a una fichera sobre la pista. En aquellos días parecía más importante el goce de una buena cumbia, el placer del baile y no la apariencia.… La testosterona era parte del calor humano que se esparcía por la luz tenue que daba anonimato al caballero que se escapó de la familia para venir y manosear a una muchacha. En esos tiempos me encontré con las miradas de los chacales que creen que te sientes muy verga y te cantan un tiro –nomás para no aburrirse–. En otras palabras: a veces el lugar era incómodo por la gente que lo frecuentaba, por la que siempre había la posibilidad de algún tipo de discordia.

En esas primeras visitas la atmósfera era casi la misma que abunda en la colonia Obrera. Un ambiente de gente trabajadora de barrio. Hombres de oficio: taxistas, hojalateros, mecánicos, carniceros, carpinteros, boxeadores, luchadores y los infaltables trajeados que llegan directo de la oficina.

El historiador Jorge Ayala Blanco nos cuenta que décadas atrás los cabarets eran considerados lugares inhóspitos: “El Cabaret-burdel era desde Las Ficheras y será hasta Las Perfumadas un ámbito cerrado, el sitio aparente de lo popular degradado, un reino pulqueril con otra fachada, la multitudinaria antesala de la alcoba poblada por silicones, el coto de caza de la prepotencia fálica, el punto de cita de todas las miserias de la sexualidad mexicana y una constelación de nacas mentalmente depauperadas girando con las salsas de una sonora matancera”. Pero el Barba Azul dejó de ser un ambiente “cerrado” para sobrevivir. Eso propició la apertura a otras personas con otros estatus, dejando a un lado esa atmósfera incómoda, alejando aquellas escenas que nos demuestran que todas las clases sociales también saben y gustan de regocijarse.

Todo eso se ha ido evaporando por la nueva propuesta cultural, aunque algunos cabarets clásicos que aún sobreviven, como el Miramar, todavía le niegan el acceso al sexo femenino, excepto cuando van acompañadas de un hombre. El Barba Azul modificó esa regla apostando por la pluralidad. Sin embargo, eso ha desterrado a los caballeros que bailaban llenos de goce y estilo en busca del adulterio consensuado.

Fue por allá por el año 2013, cuando Alejandro, uno de los inversionistas del lugar, se acercó a Carlos y le preguntó si era posible que más de sus amigos frecuentaran el lugar. Años después, llegaron nuevas generaciones que tenían fuerza económica. Toda la gente que laboraba en el Barba Azul se enteró de este cambio y los llamaron “los visitantes”: esos nuevos residentes, llenos de tatuajes, cortes de cabello europeo y tintes extremos, generaron un cambio pronunciado  en el ambiente del lugar con su ideología de “todo lo naco es chido”.

El problema principal es que la mayoría de esas nuevas generaciones llegan sin entender el contexto de las ficheras: pagar por un baile, pagar por un trago, pagar por un beso, pagar por una manoseada o pagar por un acostón. Sí, en estos lugares hay que pagar por todo. Pagar por amor o por alcohol.

Recuerdo que una ocasión llegó un grupo de mujeres que solo convivían entre ellas. Rechazaban a los hombres que las invitaban a bailar. Se alcoholizaron tanto que subieron al escenario, abrazaron a los músicos y se detuvo la música. Rompieron el ritmo de la noche, precisamente por no entender el contexto de la “fichereada”.

Toda la gente que laboraba en el Barba Azul se enteró de este cambio y los llamaron “los visitantes”: esos nuevos residentes, llenos de tatuajes, cortes de cabello europeo y tintes extremos, generaron un cambio pronunciado  en el ambiente del lugar con su ideología de “todo lo naco es chido”.

Se trata de un problema del que ya se había dado cuenta desde el siglo pasado. Sergio González Rodríguez nos resume la crónica de Gonzalo Celorio “Con su música a otra parte” en donde nos anticipa el resultado de la intromisión de otra especie citadina: “Celorio narra la llegada de los ‘intelectuales’ alrededor de 1975 bajo el slogan ‘la rumba es cultura’, eso habría marcado la intrusión de otros públicos que hicieron una moda y popularizaron al Bar León; desataron su cobertura televisiva y el desalojo de sus viejos clientes nativos o espontáneos”…

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